Hace un montón de años, en uno de esos intentos fallidos porque desarrollara algo de madurez, mis padres me hicieron aprender a mecanografiar. Pero no me apuntaron a ningún cursillo. Me dieron unos apuntes antiguos en los que aparecían párrafos de El Quijote por todos los lados. Y tenía que repetirlos una y otra vez. Acabé escribiendo El Quijote varias veces a lo largo de aquella época, y lo más desesperante es que, pese a eso, no conseguí aprender a mecanografiar.
Mientras mecanografiaba El Quijote de principio a fin, me dio tiempo a pensar. Solía repetirme una misma pregunta que hasta años después no supe responder: ¿a quién demonios se le ocurriría colocar ese desorden de letras en las teclas? ¿Qué comeré mañana? ¿Por qué me haré mayor? ¡Yo quiero ser astronauta! Volvamos al tema en cuestión.
Todos los que estamos acostumbrados y usamos con frecuencia un ordenador seguramente nos hayamos parado a observar el teclado alguna vez. O es que yo me aburro mucho trabajando. Pues bien. Ahí viene lo extraordinario que nadie se cree: ese orden de letras no es casual. Ni está hecho para atormentar al usuario tecnológico. Tampoco lo creó Cervantes para conseguir que su historia fuera escrita de principio a fin varias veces por todo aquel que se atrevía a hacerse pasar por aprendiz de mecanógrafo. No. QWERTY es el nombre de la distribución mediante la que se ha regido este engarabintintangulado modo de las letras de un teclado. Fue inventado por Christopher Sholes hace bastantes años, el cual, todo hay que decirlo, no era tonto; asignó a cada tecla una letra según unas estrictas leyes matemáticas. En las máquinas de escribir mecánicas al pulsar cada tecla se acciona un martillo pequeño, que si se presionan muy seguidos y están situados próximos, pueden llegar a chocar unos con otros, enredarse, atascar la máquina y, en consecuencia, mandar al carajo el escrito. Y la máquina. Y la paciencia de uno. Sobre todo si tiene prisa.
Sholes diseñó este teclado intentado minimizar las posibilidades de que se produjera un colapso. ¿Cómo? Separando las letras contiguas en las palabras inglesas que resultasen más frecuentes de aparecer. Por ejemplo, sun, name... Le encargó este estudio de frecuencia de letras a Amos Densmore. Además, este sistema es ágil y rápido porque facilita que una mano se prepare para escribir la siguiente letra mientras la otra todavía está escribiendo la anterior. Claro que hay otros sistemas más eficientes según aseguran los expertos, como el conocido Dvorak, patentado por el susodicho en 1936. Pero el QWERTY ha superado numerosas competiciones de velocidad que actualmente lo hacen universal. En 1990 se publicó un artículo donde se desvaneció la idea de que el teclado Dvorak era mejor y más rápido.
El caso es que el método se podría haber transformado en uno más simple al generalizarse el uso del ordenador (sin martillitos de por medio). Pero, ¿acaso conocemos cuánto dinero habría supuesto la implantación de un nuevo sistema que hubiera obligado a reformar –sino revolucionar- la mecanografía mundial? Multipliquemos el coste de un curso de reciclaje de un taquígrafo, por ejemplo, por millones de ellos –¡ay, burrocracia!- y luego deduzcamos de nuestros impuestos. Así, al menos, sopesaremos el horror de enfrentarnos a un teclado caótico. Hay cosas complejas que debemos a hombres sencillos. Todo sea por Sholes y su Qwerty. O por los escritores. O por los taquígrafos. O por tu novela inacabada. O por una euthopia. O por tu familia. O por quien más quieras…
No hay comentarios:
Publicar un comentario