El Muro de Berlín.
Ese androjo de ladrillos y argamasa que durante décadas fue el esperpento de un continente. De un mundo. Ojalá que no lo fuera también de un universo. Al menos tengo la esperanza de que pasemos desapercibidos ahí fuera...
Ese espejo que inmortaliza el pasado. Y sobre el que se refleja el presente. ¿Cuántos muros hemos construido después de aquello? No basta. Eso es lo peor de todo. La desazón no es sino la consecuencia del imperturbable afán del ser humano por aislarse de lo ajeno. Y pensar que así, con un magnífico arte, resaltarán sus únicas cualidades asombrosas. Si por cualidades entenedemos que millones de personas mueran de hambre, de ruina, de miedo, ¿acaso no podríamos llamarles de todo a esos gerifaltes incansables?Síntoma de la decadencia de un mundo que tembló sobre sus propios pies, y tan grande como había ascendido, una buena mañana se derrumbó. Todo el mundo esperaba aquello. Todo el mundo lo vio venir. Nadie hizo nada, sin embargo. Quizá una madre que viera a su hijo al otro lado de la calle, llorando, en un mundo completamente distinto al suyo. Quizá un hermano, un amante, un vecino sonrojado por la desgracia de vivir en un mismo barrio, y a leguas de indiferencia alejados. Sin poder saltar para abrazar a esa persona a la que llevas años esperando, y poder morir bajo el fuego sangrante de un soldado que vigila al otro lado de la herida. Atormentando sueños se mantuvo durante más de veintico años. Hasta que finalmente la gente, harta de la indecencia que provocaba, se armó de hierro y lo derribó. Ésa es la victoria.
Ya es hora de que despertemos la conciencia. De que miremos arriba y veamos que todos nuestros actos, nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras manos, deberían ser el ejemplo de un pueblo evolucionado, resultado de siglos y siglos de esfuerzo, de lucha, de aprendizaje. Pero hay cosas que vemos alrededor nuestro que nos despojan de inteligencia y de valor. Sobreviviendo clavadas en el ahora como huellas imperturbables de nuestra herencia, podríamos si acaso contemplarlas y conocerlas tanto, que ni siquiera hubiera espacio en nosotros mismos para la duda.
Cristales de un mundo roto, indecoroso, huido. Comienzo aquí esta serie de diapositivas como si fuera un recorrido personal a través de las fronteras de los recuerdos sembrados por el ser humano en una de sus muchas versiones desafortunadamente inacabadas.
eme.
preparandolamaleta











