Ya sé que cuando llueve la tierra se llena de charcos,
y cuando luce el sol el polvo se agarra con fuerza y te persuade,
incluso intenta raptarte
convenciéndote de que todos los suelos pueden convertirse
en cielos, y de que los extremos dependen del lugar desde donde mires.
Pero hazme caso, no mires atrás, viejo zapato,
prosigue tu camino siempre, no me falles. Ahora no.
Sigue alzándote paso tras paso,
que para esto te fabricaron en un remoto país asiático.
Algún día descubrirás que toda tu historia se compone de pasos:
zancadas más grandes o más pequeñas,
con estilo propio o avergonzadas, menudas, intensas, frágiles,
silenciosas, misteriosas y desprovistas de temor,
incluso habrá contrazancadas, zancadillas e infrazancadas,
pasos en sentido negativo y negaciones que abrirán pasos.
También, afortunadamente, verás errar el paso y tropezarte.
Otras veces el pie se dará contra un muro,
el camino trocará en pedregoso y se llenará de barro.
Y sobre todo, y esto nunca falla, habrá otros zapatos que te acompañen
paseando al mismo ritmo, en la misma senda, en el mismo sentido.
Entonces sabrás, compañero del camino,
que todo ese polvo y esos embarrados charcos están construyendo
sin que te des cuenta, a tu lado,
un jardín de suave algodón donde algún día podrás pisar descalzo
y tus huellas se convertirán en las flores que rozará mi mano.
foto: pico del Teide, 2011
(el lugar más alto donde he pisado)
eme.
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