Cuenta un mito griego que el titán Prometeo, como consecuencia de que robara el fuego a los dioses para devolvérselo a los hombres cuando Zeus se lo privó, fue condenado por éste a que un águila en el monte Cáucaso se comiera su hígado y éste se le regenerara constantemente, siendo Prometeo inmortal, para que la tortura fuera eterna.
A menudo nos encontramos en el mundo presente con cuestiones que podemos relacionar con este mito. Siempre hay una que a mí, por ejemplo, me lo evoca de manera significativa. La constante sucesión entre la paz y la guerra. Claro que en un mundo densamente poblado y con civilizaciones tan diferentes es frecuente que haya fricciones, tanto geográficas, como políticas, económicas y sociales. De todo tipo. Porque está en la esencia del ser humano, uno siempre es distinto al resto y esto requiere necesariamente que existan asperezas con algunas personas en el desarrollo de nuestras vidas.
Si en lugar de una persona y los que le rodean, tenemos millones de ellas, es inevitable pensar que el nivel de sofisticación que adquieren las situaciones se multiplica. ¿Pero es necesario que para limar esas asperezas globales se haga uso de un ejército, de armas, de la guerra? ¿Por qué si examinamos unos apuntes de Historia nos damos cuenta de que las épocas de paz son tan transitorias como las de guerra? ¿Acaso la paz es más un medio que un fin en sí mismo? Me da la sensación de que la paz a menudo se comporta como el hígado de Prometeo, hay personas interesadas en que se vaya regenerando para que siempre exista una excusa que propicie la guerra. Y mediante esa guerra, salvarse esas pocas personas, y lo más importante de todo, lucrarse. Sin embargo, la penitencia y la tortura, al fin y a la postre, la vamos sufriendo todos los restantes seres humanos. Que nunca hicimos nada para merecerlo.
eme.
revisando-a-sun-tzu
Fotografía: Robert Capa
No hay comentarios:
Publicar un comentario